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GALERIA DE LA HISTORIA DE CONCEPCION
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Historia

FlechaPeríodos de la Historia de Concepción

FlechaCONQUISTA - 1541


Felcha PEDRO DE VALDIVIA (Biografía)


Felcha DESCUBRIMIENTO DE LA DESEMBOCADURA DEL BÍO-BÍO

El 27 de Septiembre de 1544, al regresar de un viaje por los mares del Sur, el Capitán Juan Bautista Pastene, teniente de gobernador y maestre de la nave "San Pedro", en compañía de Jerónimo de Alderete, descubrió la desembocadura del Bío-Bío.

Por delegación del Gobernador Pedro de Valdivia y en nombre del Rey, los navegantes tomaron posesión de estas costas, en forma simbólica.

A bordo del buque "San Pedro" se efectuó la ceremonia en conformidad con el ritual acostumbrado en estas tomas de posesión. Juan Bautista Pastene, armado como estaba, con su adarga embrazada y la espada desnuda, dijo: "Tomo posesión de estas tierras y provincias en nombre de su Majestad y del Gobernador Pedro de Valdivia".

Un escribano que formaba parte de la expedición levantó el acta testimonio que hizo plena fe de este acto, y que lleva la fecha de 27 de septiembre de 1544.


Felcha 1546: PRIMERA EXCURSION DE CONQUISTA

El Capitán Pedro de Valdivia, hidalgo de Extremadura y Gobernador de Chile, después de fundar la ciudad de Santiago el 12 de febrero de 1541, ansioso de penetrar pronto en los campos vírgenes que se extienden al sur de estas tierras, prepara precipitadamente a las pocas fuerzas que tiene a su disposición y, con el maltrecho cuerpo que pudo organizar, compuesto de sesenta hombres medianamente armados, parte en demanda y reconocimiento de las tierras que más tarde se convirtieron en un escenario guerrero por cerca de tres siglos.

Era una mañana del mes de febrero de 1546, cuando Valdivia deja su tibio refugio de las faldas del cerrito Huelen, hoy Santa Lucía, y parte a la cabeza de su pequeña columna.

En su avance, según instrucciones del Rey, va tomando prisioneros a los aborígenes que merodean a su alrededor, a quienes luego pone en libertad, instruyéndolos para que lleven a sus compañeros un mensaje de paz y amistad. Con tal procedimiento Valdivia trata de infundir confianza a los nativos para que vean en los españoles a gentes pacíficas y amigas, que en ningún momento les causarán daño. Pero, desgraciadamente, esta estratagema no daba buenos resultados; pues, al contrario, sabedores los indios de la proximidad de los expedicionarios, se preparaban para atacarlos por sorpresa. Muchos fueron los encuentros violentos que se sostuvieron. No obstante, la columna continuaba su marcha.

La primera resistencia seria la enfrenta Valdivia al acercarse al Bío-Bío con el Laja. Más de trescientos indios armados con lanzas y mazas le salen al paso y traban batalla. Triunfan los españoles. Los aborígenes sufren muchas bajas, entre las que se cuenta a varios caciques, y se dan a la derrota.

Valdivia ordena armar allí el campamento. Fatigados por tan larga jornada y más que todo por esa primera gran refriega, por la noche se entregan al sueño, muy ajenos a la idea de que al siguiente día al amanecer, los indios volverían a atacarlos en número mucho mayor. Y, efectivamente, al rayar la aurora, se deslizan las primeras avanzadas mapuches con ánimo de tomar por sorpresa al campamento. Son muchos miles los que vienen ahora. Felizmente, la guardia de cuatro soldados que se había mantenido alerta, advirtió el avance sigiloso. Con asombrosa rapidez Valdivia logra distribuir su gente en una bien organizada defensa y después de dos horas de encarnizada batalla, en la que la peor parte la sacaron los indígenas, se produjo el desbande, quedando muerto uno de sus jefes, y más de doscientos cuerpos tendidos en el campo y en las márgenes del Bío-Bío.

Los araucanos se sorprenden y desconciertan al sentir los estampidos de las armas de fuego. Los caballos y las corazas los anonadan. En su imaginación, surgen como seres invencibles.

Replegados a sus montañas se reagrupan y adiestran, bajo la dirección de Lautaro, caballerizo que estuvo un buen tiempo al servicio de Pedro de Valdivia.

Por confesiones de algunos indígenas tomados prisioneros, se sabe que se están reagrupando en las regiones del sur, donde existen tribus de vasta población, grandes masas combatientes y que pronto volverían al ataque.

Conocida la superioridad numérica y, espíritu combativo de estos aborígenes, la pequeña columna anduvo en movimiento más de una se-mana por la zona montañosa de Penco y Puchacay, siempre bloqueada por miliares de indios que no la perdían de vista, como buitres a la caza de la presa.

Una noche acampó en el valle de Peguco o Pemuco, hoy Penco. La situación se tornaba tan delicada, que sus capitanes más aguerridos y experimentados le propusieron regresar a Santiago en busca de refuerzos.

Y así dice un cronista de la época que, al rayar la luna, Valdivia mandó que montaran todos a caballo y se volvió a Santiago, dejando grandes fogatas para engañar a las embravecidas tribus.

Los indios creían tener segura su presa y al siguiente día, al darse cuenta de esta fuga, culpándose unos a otros, se violentaron y atacaron mutuamente.

A marcha forzada llegaron a la confluencia del Nuble con el Itata y de allí más al norte el viaje se hizo normal.

Fue, en esta primera expedición, que terminó en un rotundo fracaso y que Valdivia trató de disimular, cuando conoció los fértiles valles de la Provincia de Concepción y, especialmente, la pintoresca bahía de Concepción, hoy Penco, paraje que, según sus crónicas, le impresionó profundamente por el conjunto del paisaje frente al mar y sus arroyos de agua clarísima.


Felcha EL REINO DE CHILE

Corría el año 1554 y el Emperador Carlos V trataba de casar a su-hijo Felipe II, Príncipe de las Españas, con la serenísima doña María Tudor, única heredera de los reinos de Inglaterra.

La nobleza británica puso una objeción, muy lógica y clara cuando de jerarquía y alcurnia se trata, mucho más en aquellos puntillosos tiempos.

Siendo María Tudor, legítima Reina de Inglaterra, debía ser sólo un rey hecho y derecho con quien se casara. Carlos V no titubeó un momento.

Mediante una Real Cédula a la lejana colonia de su Reino, que tantas molestias le causaba con la soberbia del indio araucano, la constituyó en todo un Reino.

Y así nació el Reino de Chile.

Acto seguido hizo Rey de Chile a Felipe II, quien poco después contraía matrimonio con la heredera del trono de Inglaterra, la Princesa María Tudor.

Desde entonces, en toda la documentación oficial emanada de la Corte se denominó a este humilde territorio, que antes era denominado Gobernación, "provincia señalada de la región antártica famosa", Reino de Chile.

Esto duró hasta la constitución de la primera Junta Nacional de Gobierno de 1810, en que fue borrado para siempre de los documentos públicos y privados el título de nobleza otorgado por el Emperador Carlos V, para reemplazarlo por el de Estado de Chile y luego por el de República de Chile.


Felcha FRAGMENTOS DE LAS CARTAS EN QUE VALDIVIA DA CUENTA AL REY DE LA FUNDACION DE LA CONCEPCION
(Ir a Biografía de Valdivia, Aquí >>>)


Felcha FUNDACION DE NUEVA IMPERIAL

Seis meses después, el Capitán español don Pedro de Valdivia estimó conveniente dirigirse una vez más al Rey de España, y lo hizo en una carta que tiene el fuerte sello de su personalidad. De este documento haremos una interpretación que ilumine los párrafos obscuros, conservando literalmente aquellas frases que destaquen los aspectos más interesantes.

Comenzaba diciendo Valdivia que "habiendo poblado esta ciudad de la Concepción del Nuevo Extremo, a cinco de octubre del año pasado", formado Cabildo y repartido indios a los conquistadores avecindados en ella, despachó a S. M; a Alonso de Aguilera, dándole cuenta dé lo que había hecho y convenía supiese el Monarca. "Por ella habrá visto,—prosigue Valdivia,-—si Dios fue servido de llevar al mensajero ante su cesáreo acatamiento", lo que su brazo fuerte hizo en favor de la Corona, y en el caso de que su recadero, por muerte, único inconveniente que le impediría llegar a su destino,; no hubiese depositado en sus regias manos esta misiva, le envía un duplicado de la carta para que "V. M. sea sabedor, de lo que en estas partes yo he hecho en honra de nuestro Dios, de su santísima fe y creencia, y en acrecentamiento del patrimonio y rentas reales de V. M.'V

Refiere en seguida Valdivia que, partido Alonso de Aguilera, se detuvo en esta ciudad cuatro meses, hizo un fuerte de adobes "de más de dos estados de alto y vara y media de ancho, donde pudiesen quedar seguros hasta cincuenta vecinos y conquistadores", veinte de ellos de a caballo, para sustentar y proteger dicha ciudad, y con ciento setenta hombres, en que ciento veinte eran de a caballo, pasó "adelante a poblar otra ciudad en la parte que me pareciese más a propósito". Pasó el gran Bío-Bío, y avanzó treinta leguas adelante hacia el estrecho de Magallanes. Descubrió el río que los indígenas denominan Cabtena y que él compara con el Guadalquivir, por las vegas que recorre apaciblemente y el claro cristal de sus límpidas aguas. Hizo llamados de paz a los -naturales y les dio a entender lo que S. M. "manda se haga en beneficio" y les ordenó acatar la santísima fe y rendir devoción a su Monarca y Señor. Buscando sitio cuatro leguas costa arriba del río,' hizo, en diez o doce días, un fuerte tan sólido como el que construyó en Concepción y fundó la ciudad de Nueva Imperial. En guerrear con los indios e informarse de los caciques para repartir las encomiendas a los conquistadores, se demoró mes y medio.

La paz se ha impuesto en la tierra de Arauco, porque Dios y su bendita madre así lo han querido, y también porque no se ha escatimado el castigo a los naturales. Repartió, —prosigue, — "todos los caciques que hay del río para acá" entre ciento veinticinco conquistadores, y también las tierras de indios de dos leguas a la redonda "para el servicio de la casa".

El capítulo final de esta carta merece transcribirse literalmente, porque es el término de la obra emprendida para gloria de la Corona de España, en unos de sus aspectos fundamentales:

"Y dejándolos así, con un capitán, hasta que visitada bien la tierra se hiciese el repartimiento y se diesen las cédulas a los vecinos que allí conviniese y pudiese darles su retribución, a cuatro de abril di la vuelta a esta ciudad de la Concepción por invernar en ella y reformarla, por tener ya entera relación de los caciques que habían de servir a los vecinos, y esperar dos navíos que venían del Perú con cosas necesarias para esta tierra: que por estar aquí muy buen puerto, sabía habían de salir a él, y por despacharlos. Y así, dejo en esta ciudad hasta el número de cuarenta vecinos, y dándoles a todos sus cédulas, y señalando sus solares, chácaras y peonías, y lo demás que se acostumbra a darles en nombre de V. M.".


Felcha EL ESCENARIO DE LA GUERRA

Para formarse una idea de lo que fue el teatro de operaciones de esta guerra de pacificación de la Araucanía, no está de más conocer las siguientes delimitaciones y datos geográficos:

La región habitada por los araucanos cubría una superficie de más o menos 6.000 kilómetros cuadrados, cortados longitudinalmente por la cordillera de Nahuelbuta. Esto determinó lógicamente la formación, por obra de la configuración geográfica, de dos subteatros de lucha que mantuvieron la atención de los españoles durante el período colonizador.

Los araucanos estaban situados en un cuadrilátero que, por el norte, comprendía los ríos Nivequetén (Laja) y Bío-Bío; por el sur, los ríos Toltén y Pucón; por el este, la cordillera de Los Andes, y, por el oeste, el Océano Pacífico.

Después del levantamiento indígena de 1599, la convulsión abarcó más al sur del límite señalado, esto es, la zona de Toltén a Carelmapu, inclusive la región habitada por los indios Cuneos, al sur de Río Bueno. Todo este amplio perímetro fue prácticamente abandonado por los es-pañoles durante largo tiempo, y sus habitantes sólo sufrieron contra-tiempos en escasas oportunidades.
Los conquistadores constituyeron dos bases de operaciones, a saber, para la costa, primero Concepción y después el Fuerte de Arauco, y, para el Valle Central, Angol y Yumbel, alternativamente.

Al sur dé la cordillera de Nahuelbuta, se reunían estas líneas de operaciones en las cercanías de Purén, y proseguían juntas por la costa hasta Imperial y Valdivia.

Por la costa, la resistencia fue formidable en dos zonas riberanas del Bío-Bío, y aunque hoy han perdido su nombre, vamos a citarlas:

De este a oeste, Catira y Mareguano, y en el Valle Central, Coyuncaví, hoy Isla del Laja. Al sur, en las inmediaciones de Purén, las Vegas de Lumaco, que resultaron impenetrables para los españoles.

Los levantamientos generales abarcaron, por el norte del Bío-Bío, hasta Itata, y en 1629, Lientur utilizó los valles ultracordilleranos habitados por los pehuenches que, desde entonces, se incorporaron a las correrías de los araucanos.


Felcha DIFICULTADES DE LA OFENSIVA


Toda esta región boscosa, cortada por innumerables corrientes de agua, imposibles de navegar en invierno y en la época de los deshielos, con montañas en la costa y cuestas de difícil acceso, presentaba dificultades casi insalvables para las comunicaciones, y los accidentes del terreno se prestaban admirablemente para los ataques sorpresivos de que a menudo fueron víctimas los conquistadores. La persecución, es obvio, también se hacía difícil, y las pocas veces que los españoles se arriesgaron en tales incursiones, experimentaron verdaderos descalabros.

Vías de comunicación mal delineadas, senderos bordeados por bosques enmarañados, quebradas de difícil acceso, imposibilitaban el paso de los carruajes, y las exploraciones, como ya lo hemos dicho, se hacían con grandes sacrificios. Baste saber que la artillería de campaña tuvo escasas aplicaciones, y que los bagajes debían ser transportados por los indios de servicios.


Felcha LA ENTEREZA DE CARACTER DEL CONQUISTADOR - SUS AMBICIONES Y ARRIESGADAS EMPRESAS

Ambiciosos fueron los proyectos de conquista de don Pedro de Valdivia. El, más que beneficios económicos, buscaba legar a la posteridad un nombre famoso, engrandecido por sus hazañas. Los episodios que le tocó protagonizar, su valentía en la lucha, su entereza de carácter, su buen juicio, lo colocan, afortunadamente, junto a los grandes capitanes de la conquista.

Aspiraba a dominar hasta los últimos confines de Chile, y la resistencia de los araucanos contribuyó a robustecer su decisión. Sin embargo, debía sobreponerse a múltiples dificultades, en especial a la reunión de los elementos materiales para poder llevar a efecto sus atrevidas empresas.

En febrero de 1549 fue al Perú a buscar refuerzos para volver al sur, a continuar su campaña contra los araucanos. A su regreso halló incendiada y destruida la ciudad de La Serena, fundada por él, poco antes, y asesinados sus habitantes. La adversidad no desalentó, empero, su espíritu, que sabía sobreponerse a los desastres e infundir ánimo a sus colaboradores.


Felcha 1550: LA PRUEBA DECISIVA

En los primeros días de enero de 1550, Valdivia, después de apaciguar los ánimos de los asustados habitantes de la capital, enfiló por el Valle Central hacia el Bío-Bío al mando de 200 guerreros españoles y 2.000 indios yanaconas. Esta fue su segunda campaña al sur.
Valdivia, no repuesto aún de una dolorosa fractura en un pie, fue transportado en litera, cargada, por turnos, por los indios yanaconas que servían a los expedicionarios. Junto a él iban Jerónimo de Alderete, Teniente General de Armas, y Pedro de Villagrán, su Maestre de Campo.

La primera etapa, hasta el río Itata, límite de la jurisdicción de la capital, demoró veinte días, y no se produjo ningún suceso importante. Cruzada la ribera de ese río, la marcha se hizo lenta y cautelosa, debido a la belicosidad y audacia de los naturales.

Valdivia dirigió personalmente la expedición, dispuso avanzadas,, y adoptó todas las precauciones para no ser sorprendido. Sin embargo, no obstante marchar las tropas en orden de batalla, no podía atacar cruelmente a los indios, pues antes tenía que formularles un requerimiento de paz, en cumplimiento de una real orden. Fácil es comprender que la campaña se tornaba aún más penosa causa de este trámite, que en buenas prácticas no reportaba ningún beneficio.

El requerimiento era un memorial, redactado por el doctor don Juan López de Palacios Rubios, en que se hacía saber a los indios que debían someterse a los representantes del Rey de España, único dueño y señor de las tierras de-América y de sus habitantes. '
Veintidós días después de haber salido de Santiago, la expedición orillaba las márgenes del Nivequetén, hoy río Laja. Por San Rosendo, donde desemboca dicho río en el Bío-Bío, fue vadeado y, cuando realizaba esta operación, 2.000 indios le interceptaron el paso con furia inaudita. El bravo Maestre de Campo don Pedro de Villagrán, a la cabeza dé" sus leales soldados, que marchaba a la vanguardia, lanzó una carga de caballería y los puso en fuga, causándoles fuertes pérdidas.

El 24 de enero acampaba en las márgenes del Bío-Bío, y se disponía a atravesarlo en balsas, cuando cuerpos de indígenas, más numerosos que los anteriores, que avanzaban a nado desde la orilla opuesta, atacaron impetuosamente a los castellanos. Valdivia los repelió, tras heroicos esfuerzos, y prosiguió su marcha. Jerónimo de Alderete, que conducía la vanguardia, fue nuevamente asaltado por los indios, pero los batió, persiguiéndolos hasta sus propios reductos.


Felcha PRESENCIA DEL BIO-BIO

Don Pedro de Valdivia al llegar con sus decididas huestes a este donde hoy se levanta Concepción, contempla maravillado el soberbio espectáculo .que presenta el majestuoso Bío-Bío, con sus aguas corren en su ancho cauce de 2.000 metros y en las que se refleja la diafanidad de la comba celeste y la selva virgen que se mece con la brisa. No es éste un río hablador y murmurante. Nace en el lago Gualletué a 38° 45' Lat. y 71° 27' Long., haciendo un recorrido de 256 kilómetros.

Hasta mediados del siglo pasado su cauce profundo y el caudal de sus aguas, que según el geógrafo Pissis daba 2.808.000 metros cúbicas por hora, lo hacían navegable hasta el pueblo de Nacimiento, permitiendo el tránsito a embarcaciones de más de 600 toneladas. Al lado norte de su desembocadura se levantan dos pintorescos morros que se conocen, desde época inmemorial, con el nombre de Tetas del Bío-Bío. Desde el lugar de su nacimiento corre por un valle que se extiende entre la cadena andina anticlinal de Los Andes y la Cordillera de Pemehué, que se enlaza al sur con el monte Lonquimay.

Este río en la mayor parte de su curso corre de sur a norte'; pues, sube desde el lugar de su nacimiento hasta el pueblo cordillerano de Callaqui. Aquí desemboca el río Queuco, que nace en los ventisqueros Copahue, 3.110 mts. sobre el nivel del mar, y alimenta al Bío-Bío con heladas aguas cordilleranas, como afluente. De allí tuerce hacia el noreste, hacia Nacimiento, regando a su paso los pueblos de Quilaco y Santa Bárbara, y más al este el pueblo de San Carlos de Purén para llegar en ancho cauce a la ciudad de Nacimiento, donde al mismo tiempo pierden sus aguas el raudo curso que trae desde el lugar donde nace. El río Vergara que corre hacia el norte, es otro de sus afluentes. Siguiendo su curso noroeste, hacia el mar, baña los pueblos de San Rosendo, Buenuraqui, Santa Juana, Talcamávida, Hualqui, Chiguayante y Concepción.

En los tiempos de la Colonia y hasta en los últimos años del siglo pasado, este río era navegable. En sus márgenes los españoles levantaron muchos fuertes, entre los que recordaremos los siguientes:
Munilque, Cayahuene, Santa Fe, Trinidad, Espíritu Santo, Árbol de la Cruz, Jesús, Chivicura, Chepe, etc., etc.
Recibe numerosas corrientes de río y esteros de diversos caudales, entre los que anotamos, procedentes del norte: Rahueco, Coliquén, Queuco, Duqueco, Guaque, Laja, Gomero, Quilacoya y Hualqui; procedentes del sur: Lorco, Racalhue, Quilapalo, Bureo, Vergara, Talavera, Rele, Tricauco, Pilún y Píleo.

Lo cruzan tres magníficos puentes de acero: el del ferrocarril de Concepción a Curanilahue; el puente carretero de 2.000 metros, que une a San Pedro con esta ciudad y el del ferrocarril entre San Rosendo y Angol.

Existen documentos que datan de 1870, en. los que consta que en este río hacían el tráfico de cabotaje y pasajeros los vaporcitos "Sotomayor" y "Bío-Bío", con itinerario diario, y en los que la firma Mauricio Gleisner y Cía. hacía el transporte de mercaderías. Hoy, debido a fenómenos naturales, ha perdido esa importante condición de navegabilidad. Su embancamiento comienza en los últimos años del siglo pasado.


Felcha VALDIVIA ACAMPA EN LAS LLANURAS QUE HOY OCUPA LA CIUDAD DE CONCEPCION

Después de sortear mil peripecias, el Conquistador, presionado por la gente enemiga que no le daba reposo, y de atravesar varias veces* el Bío-Bío, ocupó durante ocho días el fértil valle del Laja, desde donde hizo frecuentes incursiones; luego, enderezó por la margen norte del Bío-Bío hacia el mar, en dirección a la bahía de Penco, que conoció en 1546, sitio 'que le pareció apropiado para fundar una ciudad, con un puerto que podía ser de gran importancia para futuras operaciones y el aprovisionamiento.

El 21 de febrero de 1550, la expedición llegaba al valle de La Mocha. Acampó a media legua del Bío-Bío, a orillas de una laguna de agua dulce, en el mismo sitio que hoy ocupa la moderna ciudad de Concepción.

En este valle existían numerosas lagunas entre las que nos que-dan aún "Las Tres Pascualas" y "Lo Méndez", y en el camino de Concepción a Talcahuano, la laguna "Redonda".

Acampó aquí dos días; exploró los alrededores; reconoció el terreno, siempre vigilante con el arma al brazo para repeler cualquier ataque de los nativos; Sus medidas de precaución no eran infundadas. En la noche del 22 de febrero de 1550, tres gruesos grupos de indios con más de veinte mil, lo atacaron. (*)


Felcha LA PRIMERA GRAN BATALLA

Con atronadores alaridos se lanzaron a la carga los enfurecidos nativos, según lo refiere Valdivia en su carta al Rey, "armados de flechas, porras y macanas, y manejando con tal destreza estos instrumentos ofensivos, que los caballos, tan aguerridos como sus jinetes, retrocedían espantados". Es en este momento decisivo, en que las filas compactas de los indios se hacían impenetrables y los soldados flaqueaban, después de tres largas y mortales horas de lucha, que el genio creador de Valdivia concibió la medida salvadora: ordenó desmontarse a sus soldados, y una infantería feroz, blandiendo cortantes aceros, en lucha cuerpo a cuerpo, abrió profunda brecha en las huestes indias, y después de terrible carnicería, en que miles de cuerpos rodaban decapitados, puso en fuga a los asaltantes.

Los yanaconas encendían luminarias que alumbraban aquella escena de pesadilla y acometían también contra el enemigo que huía. Al aclarar el día 23, la batalla había terminado y se pasó revista a las pérdidas. Sesenta de los mejores caballos, y la mayoría de los soldados heridos, fue el precio de la victoria. Este primer gran ataque de los indios contra los invasores, es el que se conoce en la historia como la "Batalla de Andalién", que fue dirigida por el cacique Ainavillo. El lugar preciso donde se realizó esta batalla fue en el sector comprendido entre la laguna Las Tres Pascualas" y las márgenes del río Andalién, la calle Camilo Henríquez y la Plaza Acevedo.


Felcha EL RIO ANDALIEN

El río Andalién ocupa un lugar prominente en la historia de Concepción. Se forma principalmente de los derrames de los cerros próximos al N. y NE. de la ciudad de La Florida, que se reúnen con el riachuelo de Curapalihue a poca distancia hacia el O. de esa ciudad. De aquí sigue el curso algo tortuoso hacia el NO., a través de lomas más o menos altas, y a lo largo de angostos valles, hasta la inmediación del costado noreste de Concepción, donde lo cruza un puente de hierro y concreto de 147 mts. de longitud, construido en 1928, que une el camino carretero entre esta ciudad y Penco.

Este río prosigue hacia el N. para ir a echarse en la bahía de Talcahuano a poco más de un kilómetro al O. de Penco.
Es de poco caudal y- de curso que no pasa de 60 a 65 kilómetros, y de riberas cultivables en especial por donde se abren los valles denominados de Palomares, Puchacay, Tontón, etc. A sus orillas, a 10 kilómetros hacia el S. de Penco, sostuvo el Gobernador Pedro de Valdivia, 22 de febrero de 1550, un recio combate con los indios mapuches.

Esta memorable batalla fue de gran significado en la fundación de nuestra esplendente ciudad de Concepción. Suponemos que si en esa batalla hubieran desbaratado los indios a la pequeña columna de castellanos, dándoles muerte a todos, posiblemente, la ciudad que hoy celebra sus cuatro siglos de emotiva existencia, no habría nacido acunada en la bahía de Penco. Los que hubieran venido más tarde quizás hubieran elegido otro lugar... Tal vez ante el recuerdo de tan horrible desastre ni siquiera se hubiesen atrevido a pisar este valle.

Este río toma en varias secciones la denominación del valle que atraviesa, como Palomares, Puchacay, etc. Al comienzo de la Conquista se le llamó río de San Pedro, en obsequio a un gobernador español. El nombre de Andalién es el general y común, formado de "anca": cuerpo, y de lighen: plata (Cuerpo de plata); "aunque su nombre propio", dice el P. Rosales, "es Antulién, que quiere decir plata de sol" (antu o anty, el sol).


Felcha VALDIVIA FUNDA CONCEPCION "EN LA MEJOR BAHIA DE TODAS LAS INDIAS"

En una esplendorosa mañana de verano, —24 de febrero de 1550,— Pedro de, Valdivia llegó a un hermoso valle que los naturales denominaban "Pegú". Lo pintoresco del paraje, las suaves colinas que lo rodeaban, los frondosos bosques circundantes, las fuentes claras y manantiales de agua dulce, lo decidieron a fundar allí la ciudad de Concepción.

"Pegú" era el nombre que los indígenas daban al "peumo" tan apetecido por nuestros campesinos, cuando su sabroso fruto colorado se prepara con agua tibia. La transformación de dicha palabra en "Penco" puede explicarse, porque al valle se le llamaba "Peguco", que quiere decir "agua de pegú".' Según otros, la conjunción de "pen" y "con", que significa "ver agua" es, también, otra interpretación acertada, porque desde aquel sitio podía contemplarse la comba del mar.

Valdivia sintió desde el primer momento el atractivo del hermoso lugar. Tanta es la emoción que le produce, que no vacila en decirle a su Rey que Penco es "la mejor bahía de las Indias". No exageraba, sin embargo, este hombre que había recorrido a través de esforzados viajes todo el territorio, hasta las frías regiones australes. Penco poseía una bahía ancha, decorada en sus costas por el vergel de una tierra pródiga. Su clima era benigno y suave y las estaciones se sucedían dentro de un curso regular.

Para ponerse a cubierto de nuevos y probables asaltos de los araucanos y pencones, Valdivia hizo abrir una zanja en forma de media luna, la protegió con gruesos troncos y dentro de aquella fortaleza se encerró con sus soldados.


Felcha EVOCACION

De nuestras ciudades coloniales no hay ninguna que ya sea por la intensa tragedia que encierra su pasado, ora destruido por la saña del indio que defendía palmo a palmo su patrimonio invadido, como por la naturaleza conjurada en su contra o por la importancia misma que tuvo dentro de la propia organización colonial, como plaza militar y como sede de Gobierno, tenga el interés de nuestro viejo Penco,—cuna de Concepción,—tantas veces destruido y que tantas veces también ha sabido resurgir de sus ruinas.

Es interesante evocar este pasado, al ambular por sus calles y remontar los sitios en que otrora se alzaron las gruesas murallas coloniales, tras las cuales, más que momentos de alegría, hubo quietud y tranquilo recogimiento y, sobre todo, muchas ansias mortales por la constante amenaza del indio y en las que el heroísmo regó ese terreno polvoriento que hoy indiferentemente hollamos.

No nos basta evocar, en las alturas que la rodean, el ulular fatídico de la indiada, que solía coronarlas, sedienta de venganza: las figuras del toqui Lautaro, el mestizo Alejo, Millalelmo, Loble, ya nos son familiares a través de la leyenda. Pero las torres y los palacios de recia piedra y de labradas portadas, que le dieron todo el aspecto de ciudad importante en este Reino de Chile y en todo el mar del Sur a través de los siglos, y debido a la fatalidad, se han perdido totalmente, dejando sólo el escenario de la naturaleza, que poco ha variado.

Es una creencia generalizada que la fundación de Concepción se hizo al margen del estero llamado Penco, en los terrenos que median entre los cerros y el mar, o sea, en los mismos lugares donde está actualmente Penco.

El jesuíta Diego de Rosales, quien desde 1657 al 62 viviera en La Concepción, en que, como Rector de la Compañía de Jesús, fuera personaje importante y que más tarde hubo de escribir la Historia General del Reino de Chile, ha expresado que la fundación de La Concepción se hizo en lo que más tarde, en la época colonial, fue el convento de San Francisco, terrenos ocupados hoy por la Escuela Superior de Niñas. Sin embargo, por la documentación existente y que es copiosa, referente al despojo de encomiendas que hizo don García Hurtado de Mendoza a los primitivos fundadores, por haber abandonado la ciudad por disposición de Francisco de Villagrán, despojo que también comprendió los solares en la ciudad, se ve precisada la ubicación de ésta en las alturas de los cerros que hoy ocupa la Refinería de Azúcar.

Por otra parte, el emplazamiento del primer fuerte español hecho con "muy gruesos árboles hincados y tejidos como setos y una cava ancha y profunda a la redonda", según las propias palabras de Valdivia, fue en el cerrito que hay entre Penco y Playa Negra y que se llama el Alto de Pinto. Este es, pues, el lugar primitivo donde se fundó La Concepción de María Purísima del Nuevo Extremo, el 3 de marzo de 1550.

Más tarde parece que Valdivia cambió la ubicación de su campamento a la parte plana de este valle.


Felcha SUS PRIMEROS HABITANTES

Fundada la ciudad un día domingo, el 5 de octubre de 1550, Valdivia delineó la plaza de armas, plaza que más tarde hubo de ser trasladada a otro sitio; plantó en ella una cruz; designó el sitio que había de ocupar la iglesia principal y dio terrenos para el Ayuntamiento y la cárcel. Dedicó seis cuadras para ermita, huerta y viña de la Virgen de Guadalupe, de las que tomó posesión don Lope de Landa; destinó seis cuadras para la iglesia y el convento de la Merced, de las que se hizo cargo fray Miguel de Segura, que era Vicario de la Orden. Dio cuatro cuadras para la iglesia y huerta de San Antonio, a petición de Gerardo Gil, devoto del santo, y destinó también un sitio y chacra para hospital.

Los primeros vecinos fueron don Alonso de Aguilera, Antonio Beltrán, Gregorio Blas, Juan Cabrera, Bartolomé Camacho, Francisco Carretero, Gaspar de las Casas, Cristóbal de la Cueva, Diego Díaz, Pero Esteban, Juan Francisco Garcés, Maese Francisco Alonso de Galeano, Francisco Gómez Caldera, Pedro Gómez de las Montañas, Francisco Gudiel, Juan Henríquez, Pedro de Jaén, Ortum Jiménez de Vertendona, Giraldo Gil, Lope de Landa, Pedro de León, Antonio Lozano, el Padre Gonzalo López, Juan de Medina o Molínez, Bernardino Mella, Vicencio de Monti (que fue el primer italiano que llegó a Concepción), Alonso Moreno. Juan Negrete, Diego Núñez, Oñate, Hernando Ortiz de Caravantes, Hernán Páez, el Licenciado don Antonio de las Penas, Francisco Rodríguez de Zamora, Juan Ruiz de Pliego, Alonso Sánchez, Esteban de Sosa Pedro Sánchez Colombres, Maese Tomás, el Gobernador don Pedro de Valdivia, Juan Valiente, Hernando Vallejo, Jerónimo de la Vera, Gaspar de Vergara y fray Miguel de Segura.

El primer Corregidor de la ciudad fue el capitán don Diego de Oro; el primer cura párroco, Gonzalo López, que traía nombramiento del entonces Vicario y después Obispo de Santiago, don Gonzalo Marmolejo; el Primer Alcalde fue Pero Esteban y Segundo Alcalde, el Licenciado Pedro Antonio de las Peñas; Regidores perpetuos, Diego de Oro, Antonio Bertrán y Diego Díaz; Regidores cadañeros, don Cristóbal de la Cueva, Francisco de la Rivera Ontiveros y Agustín de las Casas; Alguacil con voz y voto, don Jerónimo de la Vera; Mayordomo y Pro-curador de la ciudad, don Gaspar de Vergara, y escribano, don Domingo Lozano; Tesorero y Contador del Cabildo fue designado don Jerónimo de Alderete.


Felcha PRIMER ATAQUE A LA CIUDAD NUEVA DERROTA DE LOS INDIOS

Desde que Valdivia fundó la ciudad de Concepción, los indios pencones no se dieron punto de reposo, y enviaron continuos emisarios a todas las tribus, especialmente a los araucanos, exponiéndoles que los invasores los condenaban al trabajo forzado, al castigo, a la ignominia y a la muerte, y que les quitaban sus mujeres y sus hijos. Estas quejas surtieron efecto, y al mediodía del 12 de marzo de 1550, las lomas circundantes de Penco se vieron cubiertas por un ejército de unos cuarenta mil indios, que al mando del toqui Ainavillo, iniciaron la acción combativa para desalojarlos de estas tierras. ( Versión del propio Valdivia)

Sus huestes, divididas en cuatro grandes escuadrones, avanzaban con enorme algazara, lanzando gritos y haciendo resonar pitos y tambores. Vestimentas especiales los cubrían: cueros de lobos marinos pintados de diversos colores, adornados con pescuezos de carneros y grandes penachos en la cabeza, ceñidos a cascos de cuero endurecido, que podían resistir los más fuertes golpes. Portaban tablones de madera para salvar los fosos. Además de la flecha legendaria, de las porras y macanas, habían aumentado sus armas con mazas, garrotes y picos. Traían, también, carrizos encendidos para devastar las casas y defensas militares.

Valdivia ordenó que un piquete de cien hombres montados, al mando del leal y fuerte Jerónimo de Alderete, saliera al encuentro del primer batallón y lo atacara sin piedad, mientras una segunda columna correría a prestarle ayuda dentro de breves minutos. Esta estrategia tuvo tal éxito, que pronto fueron muertos más de cuatro mil indios, quedando dos o tres mil heridos. Un grueso pelotón fue desarmado y hecho prisionero y el resto huyó aterrado ante el estampido de los arcabuces y el relinchar de los caballos, presa de un pánico indescriptible.


Felcha CEDULA REAL Y ESCUDO DE LA CIUDAD

La fundación de la ciudad de "La Concepción", nombre con que Valdivia quiso Honrar la memoria de la Virgen María, fue confirmada por el monarca español Carlos V en la siguiente Cédula Real:

"Don Carlos, por la divina clemencia, Emperador de los romanos, Augusto, Rey de Alemania: doña Juana, su madre, y el mismo Carlos, por la gracia de Dios, Reyes de Castilla, de León, etc. Por cuanto Alonso de Aguilera en nombre y como Procurador General de la ciudad de la Concibición de las provincias de Chile, nos ha hecho relación que los vecinos.- moradores de dicha ciudad, nos han servido mucho en la conquista y pacificación de aquella tierra, donde pasaron muchos peligros y trabajos en ella, y en poblar la, dicha ciudad y sustentarla: y que los pobladores de ella son gente honrada y leales vasallos nuestros, y nos suplicó en el dicho nombre que acatando a lo susodicho, mandáramos señalarle armas a la dicha ciudad, según y como las tenían las otras ciudades y villas de nuestras Indias, y como la mayor merced fuese. Y Nos, acatando lo susodicho, tuvímoslo por bien, y por la presente hacemos merced y queremos y mandamos que de ahora y de aquí en adelante, la dicha ciudad de la Concibición, haya o tenga por armas conocidas un escudo: que haya en él un Águila negra en campo de oro, y por arriba un sol de oro encima de la cabeza de dicha Águila, y por los pies una luna de plata, y a los lados cuatro estrellas de oro, y dos ramos de azucenas de flores en campo azul, según que está señalado y Figurado en un escudo total como éste: las cuales dichas armas damos a dicha ciudad por sus armas y divisa señaladas, para que puedan traer y poner, y haga y ponga sus pendones, sellos y escudos, banderas y estandartes, y en las otras partes y lugares que quisieren y por bien tuvieren, según y como de la forma y manera que las ponen y traen las otras ciudades de nuestros Reinos, a quienes tenemos dadas armas y divisas. Y por esta nuestra carta, mandamos al Serenísimo Príncipe Felipe, nuestro muy caro y muy amado hijo y nieto, y mandamos a los infantes muy caros, hijos y hermanos, y a los prelados, Duques, Marqueses, Condes, Ricos Hombres, Maestros de las Ordenes, Priores, Comendadores, y sus Comendadores Alcaides de los Castillos, y casas fuertes y llanas, y a los de nuestro Consejo, Presidente y Oidores de las nuestras audiencias, Alcaldes, Alguaciles, Merinos, Prevostes, veinticuatro Regidores, Jurados, Caballeros, Escuderos, y cualesquiera hombres buenos de todas las ciudades, villas y lugares de los dichos nuestros Reinos y señores de las dichas nuestras Indias, Islas y tierra firme del mar Océano, así a los que ahora son como a los que serán de aquí adelante, a cada uno y cualquiera de ellos, en sus lugares y jurisdicciones, que sobre ellos fueren requeridos, que guarden y cumplan y hagan guardar y cumplir la dicha merced que así hacemos a da dicha ciudad de las dichas armas: que las hayan y tengan por sus armas conocidas y señaladas, y como tales poner y traer, y que en ello ni en parte de ello embargo ni contrario no pongan ni consientan poner en tiempo alguno, ni por alguna manera, so peña de la nuestra merced, y en mil maravedises para nuestra cámara a cada uno que lo contrario hiciera. Dada en nuestra villa de Madrid, a cinco días del mes de Abril, año del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo, de mil quinientos y cincuenta y dos años. "YO EL REY".— YO Juan Sámano, Secretario de su Cesáreo y Católicas Majestades, la hice escribir por mandato de su Alteza".


Felcha ESCUDO DE LA REAL CIUDAD DE LA CONCEPCION DE MARIA PURISIMA DEL NUEVO EXTREMO

Parece que este escudo de armas, actualmente usado como distintivo heráldico de la ciudad, corrió algunas odiseas a través de los cuatro siglos que ahora se conmemoran.

Existen algunas versiones que refieren que este escudo fue confeccionado de acuerdo a lo dispuesto en la cédula real firmada por Carlos V, al que se le había dado una fiel interpretación alegórica en la distribución de los blasones que correspondían a esta egregia ciudad.

Se encuentra en algunos viejos documentos de los primeros días de la conquista; pero, desgraciadamente, desapareció en el terremoto y maremoto que puso fin a la ciudad en 1751, y cuya catástrofe dio origen a su traslado al lugar donde actualmente se halla.

Desaparecido, olvidado o dejado de uso, no sabemos a ciencia cierta el destino que corrió, lo cierto es que hasta antes de 1860, la ciudad no poseía ningún escudo de armas.

En esta fecha, el dibujante Francisco Silva trazó un dibujo del escudo desaparecido, dándoles una distribución antojadiza a los blasones. Este escudo, que ilustra la página anterior, estuvo en uso oficial, debidamente protocolizado hasta 1927, fecha en que fue cambiado, por el verdadero, o sea el que luce actualmente la ciudad.

La alegoría que ilustra la parte superior de esta página corresponde a la exacta interpretación del escudo de armas de Concepción; pues, es una copia fiel tomada de los Archivos de Indias de Sevilla, obtenida el 24 de abril de 1920 por don Bernardino Corral.


Felcha LAUTARO, VERDADERO CAUDILLO MILITAR

Lautaro es en nuestra historia un auténtico genio militar. Sus opciones respondieron siempre a un plan inteligente y bien coordinado; consideraba los diversos factores que determinan las derrotas y las victorias. Lautaro presentaba combate en el terreno adecuado al más conveniente movimiento de sus tropas, y procuraba que, a su vez, los españoles encontrasen las mayores dificultades para el emplazamiento de la artillería y el movimiento de sus jinetes.

No desdeñaba, así mismo, el servicio de espionaje, que le permitía conocer la composición de las fuerzas enemigas, las rutas seguidas, los hombres que las formaban y la cantidad del bagaje militar. Inventó, además, una nueva arma, el lazo, que, hábilmente dirigido a la cabeza de los jinetes, los hacía caer de sus cabalgaduras, para luego ultimarlos a mazazos.

Al estudiar las causas del desastre de Tucapel, en que perdió la ida el Conquistador con todos sus efectivos, incluso 1.000 yanaconas de servicio, es conveniente tener en cuenta la calidad del caudillo que dirigía a los indios.


Felcha MUERTE DE VALDIVIA

El 30 de diciembre, Valdivia acudió en auxilio del pueblo de Tucapel, con 50 hombres que había reunido de los fuertes de Concepción, Quilacoya y Arauco. Despachó una expedición exploradora de cinco hombres a cargo de Juan de Bobadilla, su caballerizo, de la que no tuvo noticias, y llegó el 1º de enero de 1554 a la planicie de Tucapel, donde lo aguardaba Lautaro con 6.000 hombres, distribuidos en cuatro líneas sucesivas de combate, una lista para entrar en acción y las tres restantes, ocultas en los pajonales del estero.

La primera línea araucana salió del bosque e inició el combate, que fue repelido por el primer pelotón español, que debió ser reforzado por haber aparecido una segunda línea araucana. Dos horas combatieron denodadamente los conquistadores, resbalando sus caballos en la pronunciada pendiente escogida por Lautaro, y cuando hombres y bestias se agotaban en esa lucha mortal, el toqui indígena lanzó su tercer escuadrón y con el cuarto hizo un movimiento envolvente que aniquiló a sus enemigos.

La batalla de Tucapel no ha podido ser reconstituida en sus detalles y los datos que de ella tenemos proceden de los propios indios, pues no quedó ni un solo soldado español sobreviviente. Sé sabe concretamente que el Gobernador Pedro de Valdivia, su Corregidor Diego de Oro y—según Córdova y Figueroa—Agustín Gudiel, Juan de Bobadilla, Andrés Villarroel, Juan de Mesa y Juan Peñas, todos dignos y leales compañeros del temerario Capitán extremeño, fueron hechos prisioneros, y, respecto de su trágico fin, circulan las más variadas versiones, todas basadas en simples hipótesis. Documentos fidedignos sobre este desastre no existen.


Felcha COMBATE DE MARIHUEÑU Y DESPOBLACION DE CONCEPCION

Francisco de Villagrán que se hallaba en la región vecina a Osorno, al conocer el desastre de Tucapel y la muerte del Gobernador, reunió las fuerzas del sur de Valdivia, despobló Villarrica, dejando sólo 60 hombres de guarnición, avanzó con 80 hacia el norte. En Imperial, agregó algunos soldados más a su columna, y dejó a Pedro Villagrán a cargo de la guarnición. Mientras tanto habían sido despoblados, también, los destacamentos de Confines, Purén y Arauco, por la acción arrolladora de los indios. Gómez de Almagro, que había llevado refuerzos a Valdivia desde Imperial, llegó el 3 de enero a Tucapel al mando de 14 hombres y hubo de retroceder hasta Purén, empresa en que sólo él salvó por milagro.

Villagrán llegó a Concepción a fines de enero de 1554, sin encontrar oposición, pues los indios teñían la costumbre de dar por terminadas las operaciones militares después de una victoria y se hallaban desorganizados. Supo que el día 6 del mismo mes, el Cabildo había procedido a abrir el testamento de Valdivia, subscrito en Santiago a fines de 1549, en cuyo poder existía copia entregada por el propio Valdivia. Valdivia designaba a tres sucesores: Jerónimo de Alderete, que no podía asumir por encontrarse en España; Francisco de Aguirre, que se hallaba al frente de la conquista de Tucumán, y Francisco de Villagrán, que se encontraba en Valdivia.

El Cabildo, obedeciendo la voluntad del Conquistador, proclamó por bando, Gobernador de Chile, a Francisco de Villagrán. El nuevo Gobernador reunió rápidamente sus fuerzas y partió el 20 de febrero, con 180 hombres y seis cañones—llegados recientemente del Perú. — a sofocar la rebelión indígena. Llevaba como Maestre de Campo a Alonso de Reinoso, quien comandaba también la artillería. Lautaro, al mando de 8.000 guerreros, lo esperó a la defensiva, en las alturas de Nahuelbuta hacia el mar, con fuerte pendiente hacia el norte y oeste, que impedía las maniobras de la caballería y cortaba el campo visual a la artillería.

Villagrán, que había incurrido en el mismo error de Valdivia, de no establecer servicio de exploración, vivaqueó el 23 de febrero en el estrecho valle de Chivilingo, que corre entre las cuestas de Marihueñu y un contrafuerte andino, y el 24 continuó la marcha. Avanzaba una vanguardia de 50 jinetes y la artillería al mando de Reinoso, cuando, al desembocar sobre la cuesta, fue envuelto en las emboscadas de Lautaro. Una carga de caballería y una descarga de artillería, rápidamente emplazada, hicieron retroceder al primer cuerpo araucano, que fue reemplazado por un segundo. La llegada del grueso de las tropas españolas hacía avizorar esperanzas de victoria, cuando Lautaro, en un movimiento envolvente, atacó por la espalda a los españoles y produjo el pánico en sus filas. El desastre de Tucapel se reedita, aunque en menores proporciones. Muy pocos españoles salvaron y tras muchas penalidades, llegaron a Concepción. Otros, tomando senderos equivocados, se despeñaron hacia el mar. Y el resto, que quiso cruzar el Bío-Bío, halló cortado el paso, o sea, la retirada, todo dispuesto por Lautaro con la debida anticipación, confirmando sus dotes de estratega innato.

Sólo 50 españoles se salvaron. Perecieron 120 y 300 yanaconas y se perdió toda la artillería. Por el lado de los araucanos, las pérdidas ascendieron a 2.000 guerreros, o sea, la cuarta parte de sus tropas. En la noche de ese mismo día trágico para los castellanos, comenzaron a llegar a Concepción los restos de las tropas derrotadas, junto con el Gobernador Villagrán. Fue ésa una noche de tormentos para la población civil. Madres, esposas y hermanas de los que habían perecido en manos de los indios, ofrecían un cuadro de dolor indescriptible. Por otra parte, los habitantes dé Concepción sufrían las angustias de un verdadero pánico, ante el temor de sufrir un violento asalto en masa de los enfurecidos araucanos. Como resultado de esta desastrosa con-tienda, los atemorizados pobladores de Concepción, a exigencias del Gobernador Villagrán, abandonaron la ciudad, y protegidos por 150 soldados que quedaban, llegaron a Santiago, después de sufrir innumerables penalidades.

No obstante el peligro de muerte que amenazaba la vida de los conturbados hijos de la gran Iberia, el éxodo se realizó con la tenaz oposición de los Alcaldes Juan Cabrera y Diego Díaz, juntos con los Regidores del Ayuntamiento y algunos vecinos y, especialmente, de doña Mencia de los Nidos, extremeña aguerrida, de resoluciones violentas, que trató de infundir serenidad y valor, arengando a la población para organizar una fuerte defensa y luchar hasta la muerte, pero jamás abandonar la recién nacida ciudad, que tantas vidas y sacrificios costaba ya, contradiciendo las disposiciones de Villagrán. Sin embargo, nada consiguió restablecer los ánimos, y el 24 de febrero de 1554, los conquistadores abandonaron la ciudad. Lautaro aprovechó esta ocasión para destruirla e incendiarla. Fue su primera destrucción.

Es fama que este cacique, al ver al pueblo convertido en escombros humeantes, exclamó desde las alturas de los cerros de Penco: "Yo soy Lautaro, que acabó con los invasores".


Felcha EXPEDICION PUNITIVA DE FRANCISCO DE VILLAGRAN

Hemos visto que los conquistadores españoles eran hombres de temple de acero, que no se desanimaban ante los fracasos. Es así como, en la primavera de 1554, Francisco de Villagrán, al mando de 180 hombres, salió de Santiago y regresó al sitio de las operaciones, dispuesto a tomar sangrientas represalias. Cruzó la Araucanía sin encontrar resistencia, pues un invierno crudo había aplacado la furia bélica de los indios. Las cosechas se habían perdido y al hambre se sumó la aparición de la viruela, que causó estragos en todos, los indígenas.

En La Imperial, el heroico Pedro de Villagrán aún resistía con s menguadas fuerzas, y recibió jubilosamente a quienes iban a sal-irlo del aislamiento y la muerte. Se iniciaron entonces las expediciones punitivas, las destrucciones de los sembrados, las matanzas en masa, los incendios de las rucas, la mutilación de los prisioneros, pero los comarcanos no se atemorizaban.

Mientras tanto, la Audiencia de Lima, presionada sin duda por s encomenderos, desconociendo la situación militar del país, ordenó la repoblación de Concepción. En la primavera de ese año, el 24 de noviembre de 1555, una expedición marítima al mando del Capitán Juan de Alvarado e integrada por antiguos vecinos de Concepción desembarcó en la desolada playa. El primer español que llegó en misión de reconocimiento a la destruida ciudad fué el escribano Domingo Lozano. Luego de este reconocimiento y habida la convicción de no existir un peligro inmediato, se procedió a construir un fuerte, protegido por palizadas de madera.


Felcha EL INDOMABLE ESPIRITU DE LOS INDIOS

Los españoles, deseando sacar pronto los frutos de las generosas tierras que la providencia había puesto en sus manos, dieron comienzo a la explotación de las encomiendas (1). Valdivia puso en trabajo los lavaderos de oro de Quilacoya, que sé había reservado para él, los protegió con una pequeña guarnición y un fortín. En octubre de 1553 partió al sur, sin encontrar resistencia. Recorrió el Valle Central, tupido de bosques y cubierto de pantanos, y fué dejando en distintos lugares la huella de su paso: aquí fundó Confines, allá el fuerte de Purén. Pasó la faja occidental de la cordillera de Nahuelbuta y estableció el fuerte de Tucapel.

Todo hacía presumir, en apariencia, que los indígenas se habían resignado a su destino. De acuerdo con el sistema puesto en práctica en otras partes de América, los naturales debían rendir sus frutos en las explotaciones, dentro de rígidas normas de trabajo.

Sin embargo, en la calma que precede a las tempestades, los indios preparaban el levantamiento que habría de dar comienzo a las guerras de Arauco, que se iniciaron en diciembre de 1553.

En la fecha indicada, cinco españoles al mando del capitán Diego de Maldonado, que se dirigían desde Arauco a Tucapel, fueron asaltados por un grupo indígena al mando del célebre toqui Lautaro. Mataron a tres dé ellos y sus despojos se distribuyeron entre las tribus para llevarlas al convencimiento de que los españoles no eran seres sobrenaturales, y que, por lo tanto, podían ser abatidos y expulsados de su territorio. Maldonado y dos soldados escaparon a Concepción. Enseguida atacaron el fuerte de Tucapel, matando a 18 soldados. El capitán Arís y cinco sobrevivientes lograron escapar de este fuerte y se refugiaron en Purén. Maldonado, en el trayecto, fué informado de la muerte de Valdivia y sus compañeros, quien trajo a Concepción la fatal noticia.


Felcha NUEVAS CAMPAÑAS DE LAUTARO, COMBATE DE MATAQUITO Y MUERTE DEL CAUDILLO

Breve fué la permanencia de las tropas llegadas a Concepción con el propósito de reconstruir la ciudad. Apenas se habían iniciado los trabajos de algunos edificios y de casas particulares y se trazaban nuevos planos de urbanización, cuando otra vez fué atacada el 12 de diciembre de ese mismo año. Lautaro la atacó con 4.000 hombres. Y así como anteriormente había incorporado el lazo a sus armas de combate, ahora traía dos nuevas armas de su invención: maderos arrojadizos que lanzaba contra la cabeza de los caballos y carros blindados construidos con gruesos troncos que permitían a los indios avanzar debidamente protegidos. Estos carros portátiles son la demostración más patente del genio militar de este indio.

Una carga de caballería de Alvarado fué detenida con estas nuevas armas. La defensa del fortín por un asedio incesante de los indios se había agotado; los escasos sobrevivientes se refugiaron en los bosques y algunos se embarcaron en el vaporcito "San Cristóbal", que felizmente se encontraba surto en la bahía. Otros tomaron el camino hacia el norte y llegaron a Santiago en estado lamentable, provocando el pánico entre los habitantes de la capital.

Las fuerzas araucanas que atacaron y destruyeron a La Concepción esta segunda vez, estaban dirigidas, según Marino de Lovera, por los siguientes caciques: Malquecura, Nicoladante, Lavapié, Colo-Colo, Puygani, Guanchoguacol, Pichena, Pirooro, Piotiman, Pilón y Lautaro. En esta contienda los indios usaron algunas armas españolas, trofeos de Tucapel y Marihueñu.
Tras esta acción, Lautaro, que se había replegado a tierras de Arauco, concibió el plan maestro de atravesar el Bío-Bío y tratar de caer sobre Santiago, para destruir el centro de' la resistencia.

Para la realización de esta campaña, no contó, sin embargo, con la ayuda de sus compañeros. Sólo con 600 hombres pudo incursionar al norte del Bío-Bío, estableciendo su cuartel general en Peteroa, al sur del río Mataquito, en noviembre de 1556. Pedro de Villagrán, que había regresado a Santiago a reunir refuerzos para la campaña del sur, al amparo de la noche, atacó sorpresivamente las posiciones del toqui Lautaro, que no descansaba desprevenido, ocultó sus fuerzas detrás de unas empalizadas, y rodeando a la infantería española que sorteaba un terreno cenagoso, la hizo emprender la retirada, pero sin perseguirla. Al día siguiente, Villagrán renovó su ataque y comprobó que Lautaro había abandonado sigilosamente sus posiciones.
En, el valle de Itata, el jefe indio reorganizó sus débiles fuerzas, retornó a su antigua posición del Mataquito el 15 de abril de 1557. Procedió de -inmediato a construir una fortificación; pero cometió el error de dejar descubierta su espalda, por estimar que estaba suficientemente protegido por un cerro. Villagrán, conocedor de esta circunstancia por la infidencia de un indio, lo atacó por la retaguardia al amanecer del 29 de abril, pereciendo Lautaro heroicamente y la mayor parte de sus tropas.

Con la muerte de Lautaro, los indios perdieron un jefe de extraordinario valor.
Cuenta Alonso Góngora y Marmolejo que en esta batalla se produjo una escena, llena de colorido dentro de lo macabra, protagonizada por un personaje que gozaba de fama invencible, dotado de una fuerza física y de una estatura extraordinarias, cuyo nombre era Juan de Andrea, conocido por todos como "el Valiente" o "Andrea el Gigante". Según algunas crónicas, ha sido el hombre más alto que ha pisado estas tierras. Era este soldado compañero del Conquistador y natural de Génova. En la batalla de Mataquito, en que perdió la vida el cacique Lautaro, tuvo una brillante actuación: espada en mano arremetía contra los indios con certeros golpes. Cuando alcanzaba a sus adversarios con su afilada espada, los cortaba de tal manera que muchos cuerpos quedaban divididos en dos partes, produciendo tales escenas un profundo desconcierto entre los indios.

Hubo un momento, en el fragor de la lucha cuerpo a cuerpo, en que a "Valiente" se le cayó la espada, quedando rodeado de los enfurecidos araucanos; pero era tal la arrogancia y fiereza de su enorme estampa, que ningún indio se atrevió a acercársele, pudiendo recuperar su arma y abatir, así, a sus enemigos.


Felcha LAS HEROINAS ARAUCANAS


Las mujeres de Arauco empiezan a figurar en la Historia desde que a la vista de la sangre de Galvarino, hubieron de tomar las! armas en defensa de su suelo. Jurando eterno rencor a los españoles, brillaron en ellas su unión y constancia, de tal suerte que esto ha dado origen a la leyenda de las Amazonas chilenas.

En la derrota del toqui Painenancu fueron tomadas prisioneras, algunas mujeres que, a la noche siguiente, se quitaron la vida.
Fresia, la mujer del gran Caupolicán, tenía varios nombres, tal vez más legítimos que el corriente, que le fué asignado por don Alonso de Ercilla y Zúñiga.

Los historiadores Suárez de Figueroa y Carvallo Goyeneche le dan el nombre de Guden o de Gueden. Don Benjamín Vicuña Mackenna la denomina Paya, vocablo que quiere decir señora.

Su único acto conocido es su exhortación a Caupolicán para que se dejara matar y no se rindiera, y que luego, viéndolo preso, le arrojó por la cara al hijo, diciéndole furiosa que nada quería tener de un cobarde. Este episodio ha sido inmortalizado en los versos de Ercilla y en la magnífica estatua del escultor Tapia, estatua que.se puede admirar en el Cerro Santa Lucía de Santiago.

No se sabe si murió el hijo de Fresia, ni nadie lo sabrá a ciencia cierta; mas, en posteriores campañas, apareció otro Caupolicán, de quien dicen los cronistas que, aun cuando joven, fué digno heredero del valor y de las virtudes del primero.
Figura en un asalto a Talcahuano y en el sitio de Concepción, así como también en La Imperial. Aparece en el combate de Quimpeo, luchando contra Reynoso, el verdugo de su padre. Cuenta la tradición de los cronistas que se suicidó en una derrota para no caer en manos de los españoles. Esta era la consigna de Fresia. Y esto hace .sospechar que fuera el hijo; mas, la historia de entonces es tan nebulosa, que la verdad nunca se conocerá.

Glaura es la heroína de Purén. Guacolda es la hermosa mujer de Lautaro, que a su lado estaba cuando lo mataron en las orillas del Mataquito. Era natural de las Vegas de Itata y de lo poco que se sabe de ella y de Lautaro, se puede deducir que fué la gran inspiradora de las campañas de su hombre, el primer táctico dé su tiempo.

Quidora, cuyo nombre lleva un submarino, era prima hermana de Lautaro y esposa del cacique Talguen, que tenía su rehue en la península de Tumbes, cerca de la caleta del Soldado, donde hay todavía un lugar que lleva su nombre. El Capitán-Poeta Pedro de Oña la refiere muy bella y amante de su esposó.

Rucumilla, cuyo nombre significa pechos de oro, era una beldad dé las cercanías de La Imperial, hija de Millantú, que quiere decir sol de oro, y de una cautiva española de Imperial.

Fué mujer del cacique Garipan. El nombre de los pechos de oro puede venir de los corpiños de oro que era costumbre usar entre las doncellas de la nobleza inca y que bien puede haberse introducido, como tantas otras cosas, en esa región de La Imperial, mucho más cuando eJ nombre del padre de Rucumilla, Millantú, sol de oro, es perfecta y directamente chincha, lo que denota el origen nortino, o por lo menos una poderosa influencia, que la hubo sin lugar a dudas.
Guale es la esposa de Tucapel, de la que dice el poeta angolino Pedro de Oña:

Llamada no Gualeva, sino Guale.
Que en la chilena frasis, tanto vale.

Los episodios de la vida de Guale han sido largamente cantados en el Arauco Domado.
Otra de las heroínas, poco conocida, es Lauca, la tierna doncella hija del cacique Millalauco, a quien el poeta Ercilla encontró herida en la espesura del bosque y curo él mismo.

La única heroína indígena penquista es Tegualda, la mujer de Crepino, que después del primer combate de Penco, en tiempos de la campaña de don García Hurtado de Mendoza, andaba en la noche bus-cando el cadáver de su hombre. -
Don Alonso de Ercilla hubo de dedicarle un capítulo entero a su heroísmo y dolor:

Cuántas y cuántos vemos que han subido
a la difícil cumbre de la fama,
Judit, Camila, la fenecida Dido,
a quien Virgilio injustamente infama;
Penélope, Lucrecia que al marido
lavó con sangre la violada cama,
Hippo, Tucia, Virginia, Pulvia, Clelia,
Pocia, Sulpicia, Alcestes-y Cornelia.
Bien puede ser entre éstas colocada
la hermosa Tegualda, pues parece en
la rara hazaña señalada.

Y hay otra heroína, Janequeo. Su nombre verdadero es Yanequeu. Era pehuenche o tal vez, con más precisión, molucha. Fué mujer del cacique Guepotau, que, sorprendido por los españoles, se dejó hacer pedazos antes que rendirse.

Desde entonces Yanequeu se puso a la cabeza de un ejército de indios puelches que hostigó a los españoles en forma tenaz.
Ella es la verdadera Juana de Arco de la Araucanía. Derrotó a cuanta fuerza tuvo que enfrentar, capturó fuertes, destruyó ciudades. Combatió contra huestes mandadas por los mejores capitanes de la Conquista y siempre salió victoriosa, hasta que se esfumó de la escena de la guerra.
Debe ser considerada como la primera heroína de la guerra de Arauco.


Felcha HURTADO DE MENDOZA

En el invierno de 1557 desembarcó en la isla Quinquina don García Hurtado de Mendoza, joven de 22 años, hijo del Virrey del Perú. Andrés Hurtado de Mendoza, con un contingente de tropas que se componía de 600 hombres de infantería y 6 obuses. Por tierra avanzaron 300 jinetes al mando del capitán Luis de Toledo.

Hurtado de Mendoza venía con el rango de Gobernador, en reemplazo de Francisco de Villagrán, depuesto de su cargo por diferencias políticas.
Don García Hurtado de Mendoza alentó la ilusión de pacificar la Araucanía, echando de este modo sombras sobre sus antecesores, que no habían podido llevar a feliz término tal empresa. Contaba para tal efecto con un ejército bien organizado, el primero que se veía en Chile.

En agosto de ese año inició la construcción de un fuerte en la cumbre de un cerro que está frente al mar entre Penco y Playa Negra. El 7 de septiembre sufrió el primer ataque de los indios, mandados por el hábil Caupolicán. Las tropas indígenas fueron derrotadas y tuvieron fuertes bajas, y los españoles, aunque no las tuvieron, debieron lamentar Un saldo apreciable de heridos, entre los que se contó el propio Gobernador, lesionado por una piedra.

El 6 de enero de 1558, sé inició la reconstrucción de la ciudad, Se plantó en la plaza, la cruz, rollo y picota que eran de estilo, y se nombró Alcaldes a Francisco de Ulloa y a Cristóbal de la Cueva. Fueron nombrados Regidores Luis de Toledo, Miguel de Velasco, Pedro de Aguayo, Juan Gómez, Gaspar de Vergara y Juan Gallegos; Procurador, Pedro Pantoja; Alguacil Mayor, Juan Pérez; escribano, Domingo Lozano. Se repartieron de nuevo las tierras y encomiendas, y se le dio a la ciudad toda la organización de rigor. Durante el invierno se adelantaron las fortificaciones y reconstrucción de la ciudad.

A mediados de septiembre llegó la caballería al mando de Luis de Toledo, Juan Ramón Rodrigo de Quiroga y Julián de Bastidas. Se envió a Imperial al capitán Juan de Ulloa, en busca de refuerzos, los cuales llegaron oportunamente.

Para escarmentar a los indomables hijos de Arauco, el Gobernador García Hurtado de Mendoza ordena que le corten ambas manos al prisionero Galvarino. El altivo y heroico Jefe indio recibe inmutable el suplicio, y con olímpico desprecio ofrece: su cuello a los verdugos.
Puesto en libertad exaltó con mayores bríos a sus huestes. Tomado nuevamente prisionero es condenado a morir en la horca.


Felcha CAMPAÑA DE IMPERIAL Y COMBATE DE LAGUNILLAS

El 18 de noviembre de-1557, después de separar la dotación de tropas que debía permanecer en guarnición de Concepción y las que debían acompañar la .expedición de Ladrilleros, don García cruzó el Bío-Bío ' a la cabeza de 600 hombres. Llevaba como Maestre de Campo a Juan Ramón. Distribuyó sus tropas en compañías mandadas por capitanes, y los bagajes fueron transportados por 4.000 indios auxiliares.

El paso del río, utilizando balsas y embarcaciones menores, demoró seis días, pues los bagajes eran apreciables, incluidos 1.000 caballos de repuesto y gran cantidad de animales domésticos.

La bien organizada columna inició su marcha al sur, llevando, una vanguardia de exploración a dos kilómetros de distancia, delante de la cual marchaban los pabellones con la cruz en alto. Acamparon, en la primera jornada, en el lugar denominado "Lagunillas", hoy "San Pedro", debidamente protegidos en el descanso por un adecuado servicio de seguridad, a cargo del capitán Reinoso. Caupolicán, que venía al encuentro de los españoles, atacó a Reinoso, y después de escaramuzas afortunadas para los indios, se lanzó sobre el grueso del ejército de Hurtado. Enérgicas cargas de caballería al mando de Ramón, quien reforzó a los jinetes de Reinoso, fueron rechazando a los indios: pero se vieron sorprendidos por la aparición de nuevas y compactas formaciones araucanas, que los hicieron retroceder. Entraron, entonces, en acción las compañías de Quiroga y Pedro del Castillo que contuvieron el avance de los indios.

Sin embargo, numerosas formaciones de tropas de refresco aparecían en el teatro de operaciones, atacando con denodado furor a los españoles, quienes las recibían con nutrido fuego de arcabuces. La situación se mantuvo fluctuante por cierto tiempo, hasta que las armas, de fuego y las picas de; los infantes, hicieron retroceder a los indios, de espaldas a las lagunas de San Pedro. Esta coyuntura fué aprovechada por el capitán Francisco de Ulloa, quien, al mando de una compañía de jinetes, los atacó por un flanco, mientras la infantería, al mando de Felipe de Mendoza, los perseguía por lagunas y pantanos, donde los indios creían encontrar su salvación Caupolicán, para aminorar el desastre, ordenó la retirada y huyeron por los bosques. Innumerables prisioneros cayeron, sin embargo, en poder de los españoles y fueron mutilados horrorosamente. Entre ellos estaba el célebre Galvarino.

Después del combate de Lagunillas y el desbande de los indios, García Hurtado de Mendoza prosiguió su campaña hacia el sur. Pronto reconstruyó el fuerte de Tucapel y fundó Cañete. Así avanzó este Gobernador de 22 años, abriéndose paso por entre la furiosa resistencia indígena, ganando batallas que le permitieron someter a su ejército-al rigor de una disciplina y régimen de trabajo extremados.

Después de obtener los primeros éxitos, en enero de 1558, despachó desde Tucapel a Jerónimo de Villegas, al mando de un destacamento de soldados, para Concepción, con la orden de asumir el cargo de Administrador del Tesoro y ayudar a la reconstrucción de la ciudad, que se encontraba semidestruída como consecuencia de haber sufrido los dos asaltos indígenas ya relatados.


Felcha CAUPOLICAN

Caupolicán, —"lanceta de cuarzo",— es el símbolo de la raza araucana. Nació en Pilmaiquén y fué proclamado Toqui en 1553. El hacha era el distintivo de su alta dignidad.

Una columna de soldados españoles al mando del Capitán Reinoso, un día de invierno de 1558, cayó sobre el campamento del Toqui, en una quebrada de la zona de su nacimiento, tomándolo prisionero.
Fué condenado a muerte en el más cruel y tormentoso suplicio.

En la primavera de 1559, después de una larga y brillante campaña, Hurtado de Mendoza regresó a Concepción, trayendo la gloria de haber sometido a los sectores más rebeldes de Arauco y de haber dado muerte a Caupolicán, además del descubrimiento de la isla de Chiloé. El Cabildo y el pueblo lo recibieron triunfalmente.

En esos tiempos, el mando, las glorias y los éxitos no eran sino cosas efímeras. A pesar que conseguir cualquier distinción costaba sangre y dolor, muy poco costaba también perderla. Es así como en enero de 1560, el triunfador García Hurtado de Mendoza recibió un real despacho en el cual se le comunicaba que él Rey de España había reintegrado al cargo de Gobernador de Chile a Francisco de Villagrán y que su padre, el Marqués de Cañete, Andrés Hurtado de Mendoza, había dejado de ser Virrey del Perú, falleciendo poco después.

Estas dolorosas noticias confundieron profundamente al joven y depuesto Gobernador. De inmediato entregó el gobierno a Rodrigo de Quiroga, y se dirigió a Santiago. A mediados de febrero de 1561 se embarcó para el Perú.


Felcha LA VIRUELA EN CONCEPCION

Al partir de esta ciudad de La Concepción el depuesto Gobernador de. Chile, García Hurtado de Mendoza, se creía ya pacificada la zona y asegurada la conquista de Arauco: pero todo esto no fué sino una bella ilusión; el rigor con que se sofocaba y castigaba toda manifestación de rebeldía de parte de los taimados indios, impuso entre la población nativa cierta tranquila resignación y aparente sometimiento.

Este estado de cosas hizo crisis en la primera oportunidad. A fines de febrero de 1561, estalló una sublevación, en la cual los indios dieron muerte al Gobernador de Cañete, Pedro de Avendaño y Velasco. Este levantamiento fué precursor de luchas cruentas que casi comprenden todo el período de la Colonia y cuyo centro de operaciones abarca los límites antes indicados. A esta difícil situación vino a sumarse, como una nueva calamidad, la peste viruela, que, según se dice, fué traída a Chile en el barco en que viajó Francisco de Villagrán, epidemia que se extendió rápidamente a todo el Reino de Chile; produciendo grandes estragos, especialmente entre la población indígena.

Villagrán llegó a Santiago en julio de 1561, y allí pasó el invierno de ese año. A fines de octubre entró a Concepción con 180 hombres perfectamente armados. Venía acompañado del Licenciado Juan de Herrera, su Teniente de Gobernador, y algunos religiosos, entre ellos el dominico fray Gil González de Ávila. Entre la población de esta ciudad existía confusión y desaliento, en parte por las intrigas políticas entre los propios gobernantes y por las amenazas que significaban la reanudación de los ataques y el levantamiento de los indios. La llegada de Villagrán no produjo entusiasmo alguno. Los espíritus estaban, invadidos por un profundó sentimiento de terror.

Una vez que Villagrán recibió el gobierno de manos de Rodrigo de Quiroga, comenzó de inmediato a prepararse con su gente para reanudar la campaña de Arauco. Unos pocos días después, partió para Cañete a dirigir personalmente la represión.
Los aborígenes se mostraban belicosos; ansiosos de venganza, porque tenían la creencia que la peste viruela, que hacía entre ellos grandes estragos, era una arma invisible traída por los españoles para exterminarlos.

La campaña emprendida por el Gobernador no pudo ser conducida con la energía requerida, pues sufría de un agudo reumatismo gotoso y su avanzada edad se lo impedía. Además, fray Gil de Avila, contrario a la guerra que se les hacía a los nativos, por creerla injusta, lo había convencido de no matar ni mutilar a los indios. En estas circunstancias morales, Villagrán, un tanto abatido, se refugió durante el invierno de 1562 en La Imperial, donde pasó el rigor de esa estación. En Concepción se murmuraba, acusándosele de falto de capacidad y decisión. Logrando esta alternativa, los indios de las riberas del Bío-Bío hostilizaban a la población; pero, gracias a la permanente vigilancia que ejercía el capitán Francisco de Castañeda, al mando de tropas escogidas, no se decidían a un ataque de frente.

Sabedor Villagrán de la situación delicada que vivía Concepción, venciendo innumerables peripecias, llegó a esta ciudad en diciembre de 1563, con cuarenta hombres y treinta caballos. Desde aquí dirigió nuevos ataques contra los araucanos, con la cooperación de su hijo Pedro y de su- yerno Arias Pardo de Maldonado y del Maestre de Campo Juan Gutiérrez de Altamirano. En una de estas campañas pereció su hijo.
La acción bélica de los araucanos alcanzó rápidamente grandes proporciones. Angol, Arauco, La Imperial y aún Tucapel, habían sufrido serios reveses.

El anciano Villagrán era impotente para sobreponerse a la vorágine que convulsionaba a todo este territorio. De todas partes llegaban mensajeros pidiendo socorro, que el incapaz y atribulado Gobernador no podía prestar por ser escasísimos los elementos que tenía a su disposición. Además, sus achaques comenzaban a postrarlo.
Con su salud seriamente quebrantada, el 10 de junio asistió a la procesión de Corpus Christi. Fué la última vez que salió a la calle. Nuevas fatales noticias de desastres sufridos por los españoles en Arauco le causaron un síncope mortal. Firmado su testamento, en el que designaba como su sucesor a su primo Pedro de Villagrán, que desempeñaba las funciones de Teniente General, murió el 22 de julio de 1563.

El Cabildo de Concepción, en conformidad a disposiciones legales, abrió su testamento, y, de acuerdo con la voluntad del difunto Gobernador, se reconoció como nuevo Gobernador de Chile al Capitán Pedro de Villagrán. El 29 de ese mismo mes el Cabildo de Santiago dio su asentimiento a esta designación.
A-I asumir Pedro de Villagrán la dirección del gobierno, la situación militar de los españoles, en el teatro de las operaciones contra los indios, se hacía cada vez más precaria. En estas circunstancias, se ordenó que las fuerzas de avanzada de los distintos fuertes se recogieran al pueblo de Angol.

Al ver los araucanos el despueble de los puestos militares, tomaron mayores bríos en su acción rebelde y recorrieron libremente los campos, destrozando los sembrados, robando el ganado é impidiendo las comunicaciones con Santiago. Se ordenó, entonces, al capitán Lorenzo Bernal, a cuyo mando estaban las tropas de Angol, que se viniera a Concepción, en vista de los peligros a que estaba expuesto ese pequeño fuerte.

Antes de seguir adelante en el relato de «la angustiosa situación de los habitantes de Concepción, creada por la ventaja lograda por los indios a través de una bien coordinada acción en sus ataques, presentamos dos capítulos interesantes que corresponden a la época en que se desarrollaron estos acontecimientos e inmediatamente continuamos con la descripción de la guerra.


Felcha LA ARQUIDIOCESIS DE LA SMA. CONCEPCION

1. —ERECCION DE LA**DIOCESIS DE LA IMPERIAL.—El Rey de España y Emperador de Alemania, Carlos V, pidió a la Santa Sede la fundación del Obispado de La Imperial, muy poco después de haber solicitado la fundación del de Santiago de Chile.

2. —EJECUCION DE LA ERECCION.—El 22 de mayo de,1564 por la Bula "Super Specula" mandada a observar por el Rey Felipe II en real cédula de 18 de enero de 1565 la Santidad de Pío IV erigió en la región austral de Chile la Diócesis de La Imperial; le dio como titular para su Catedral al Glorioso Arcángel San Miguel, y la ciudad de La Imperial como sede episcopal, e instituyó Obispo a fray Antonio de San Miguel de Avendaño y Paz, quien llegó a la ciudad de su designación el 18 de mayo de 1569.
Por cartas dirigidas al Rey de España se descubre en este primer jefe que tuvo la iglesia de Concepción a un sacerdote de claro talento, de ilustración y energía poco comunes. Era contrario a las aplicaciones de castigos brutales y tratos inhumanos a los indios y muchas veces elevó sus quejas contra los encomenderos y militares, pidiendo protección para los aborígenes; se opuso tenazmente a que se cometieran injusticias contra ellos ni aún en el campo de batalla.

3. —TRASLACION DE LA SEDE EPISCOPAL A LA CIUDAD DE CONCEPCION.—En el levantamiento general de 1598 fué arrasada completamente la ciudad de Imperial, por lo que sé trasladaron a Concepción los poquísimos pobladores que escaparon de la catástrofe. El Obispo llegó tres años después a Concepción y estableció, en decreto de 7 de febrero de 1603, que esta ciudad sirviera de capital de la Diócesis hasta que se reedificara la de Imperial, o Su Santidad o Su Majestad Real otra cosa ordene.

4. —ANEXION DEL OBISPADO DE SANTIAGO.—Felipe III expuso al Papa la pobreza en que estaba la Diócesis y su falta de habitantes, y pidió, a fines de 1609, la anexión temporal del Obispado de Santiago, hasta tanto se regularizara la situación del sur de Chile. El Papa concedió la anexión y comenzó a gobernar el señor Pérez, de Espinoza, con mandato de Roma, en 1610. El Iltmo. señor D. Fray Luis Jerónimo de Oré, Obispo propio, fué preconizado en 1620 y llegó a la Diócesis en 1623.

5. —TRASLACION DE LA SEDE A SU ACTUAL UBICACION. Con motivo del gran terremoto de mayo, de 1751, que destruyó completamente la ciudad de Concepción, hoy Penco, el 8 de diciembre de 1754 fué trasladada la sede de la Diócesis de Concepción al lugar que ocupa actualmente. Sin embargo, el traslado no se llevó a efecto completamente, sino cuando lo sancionó el Gobernador don Antonio Guill y Gonzaga, en 1764.

6. —PRIMERA DESMEMBRACION DE LA DIOCESIS DE CONCEPCION.—El 6 de julio de 1840, S. S. Gregorio XVI erigió por Bula "Ubi Primum" la Diócesis de San Carlos de Ancud, desmembrando para ello de la Diócesis de Concepción el territorio que queda al sur del río Cautín o Imperial, con sus islas adyacentes, y la instituyó sufragánea también de la Arquidiócesis de Santiago. Hizo la erección de la Diócesis el primer Obispo, el Iltmo. señor D. Justo Donoso.

7. —SEGUNDA DESMEMBRACION DE LA DIOCESIS DE CON-CEPCION.—En el año 1925, a raíz de la separación de la Iglesia del Estado, el Sumo Pontífice S. S. Pío XI, por "Notaviliter Aucto", de 18 de octubre de 1925, erigió en la antigua Diócesis de Concepción, que abrazaba el territorio comprendido entre el río Maule, por el Norte; el río Cautín o Imperial, por el Sur; la Cordillera de los Andes, por el Este; el Océano Pacífico, por el Oeste, y algunas islas en el Pacífico, las tres nuevas Diócesis siguientes: Temuco, Linares y Chillan. La Diócesis de Temuco comprendía las provincias de Malleco y Cautín; la Diócesis de Linares; la provincia del mismo nombre más el departamento de Constitución, perteneciente a la provincia de Maule y la Diócesis de Chillan, formada por las provincias de Maule y Nuble. Con la creación de las tres Diócesis mencionadas, la de Concepción ha quedado reducida a , las provincias de Arauco, Bío-Bío y Concepción. La superficie es de 26.000 kilómetros cuadrados, con una población, según el censo de 1925, de 430.000 habitantes.

8. —CREACION DE LA PROVINCIA ECLESIASTICA DE LA SANTISIMA CONCEPCION.—El 20 de mayo de 1939, la Santidad de Pío XII creó la Provincia Eclesiástica de la Santísima Concepción, por la Bula "Quo Provinciarum". La Provincia Eclesiástica de Concepción consta de cuatro Diócesis sufragáneas, elevando la Diócesis del mismo nombre al grado de Iglesia Metropolitana, y concediendo a sus Arzobispos y Cabildos, que en adelante se llamen Metropolitanos, todos los derechos, honores, insignias, favores, gracias y privilegios de que gozan por derecho común. A la vez, eh Santo Padre, al actual Obispo de Concepción, el Excmo. y Rvdmo. Mons. Alfredo Silva Santiago, le confirió el título y dignidad de Arzobispo y Metropolitano. La Bula Pontificia delegó al representante de la Santa Sede en Chile, para que ejecutara todo lo determinado y establecido" en ella. Es así como el Excmo. y Rvdmo. Mons. Aldo Laghi, cumpliendo esta alta comisión, el 15 de agosto del mismo año 1939, dio el Decreto de Ejecución de dicha Bula. La Provincia de la Santísima Concepción, que abraza la Diócesis del mismo nombre, tendrá como sufragáneas las Diócesis de Chillan, Temuco, San Carlos de Ancud y Puerto Montt.


Felcha OBISPOS EN LA HISTORIA DE CONCEPCION

Con Valdivia llegaron a Concepción en 1550 los primeros sacerdotes: Gonzalo López y fray Miguel de Segura.

A los pocos años de fundada la ciudad había ya varios religiosos. Entre éstos el Comisario General de los franciscanos, fray Martín de Robleda, primer sacerdote de esta orden que llegó á Chile; fué también quien dio su bendición al Conquistador Pedro de Valdivia cuando se dirigió a Tucapel donde cayó en una emboscada de los indios.

El primer Obispo que llegó a Concepción fué fray Antonio de San Miguel, el 18 de mayo de 1569. Sucedió a de San Miguel el Ilustrísimo fray Reginaldo de Lizárraga, español, de la Orden de Predicadores. Más tarde llegaron en el orden siguiente:

Fray Luis Jerónimo de Oré, peruano, de la Orden de Menores 1620-1630.
Doctor Diego Zambrano de Villalobos, peruano, 1637-1651.
Fray Dionisio Cimbrón, español, monje benito, 1655-1657.
Fray Andrés Bentancur, español, de la Orden de Menores. (No gobernó).
Fray Francisco Vergara de Loyola, español, de la Orden de Ermitaños, 1676-1685.
Fray Luis de Lemus y Usategui, español, de la Orden de Ermitaños. (No gobernó).
Fray Antonio de Morales, peruano, de la Orden de los Predicadores. (No gobernó).
Fray Martín de Hijar y Mendoza, peruano, de la Orden de Ermitaños, 1695-1704.
Doctor Diego Montero de Águila, chileno, 1711-1715.
Doctor Juan de Nicolalde, peruano, 1716-1727.
Doctor Juan Francisco de Escandón, español, clérigo regular de San Cayetano, 1727-1731.
Doctor Salvador Bermúdez, colombiano, 1743-1745.
Doctor José de Toro, y Zambrano, 1745-1760. Este Obispo se opuso tenazmente al traslado de la ciudad de Concepción, desde las playas de Penco, a su actual emplazamiento a este valle de La Mocha. Sólo se, pudo realizar después de su muerte.
Fray Pedro Angel de Espiñeira, español, de la Orden de Menores, 1763-1777.
Doctor Francisco de Borja Mará, peruano, 1780-1794.
Doctor Tomás de Roa y Alarcón, penquista, (chileno) 1795-1806.
Doctor Diego A. Martín de Villodres, español, 1807-1816.
Doctor Ignacio Cienfuegos, chileno, oriundo de Talca, 1829-1837.
Doctor Diego A. Elizondo y Prado, chileno, (Quillota), 1841-1852.
Doctor José Hipólito Salas y Toro, chileno, (El Olivar) 1854-1883.
Doctor Fernando Blaít, chileno, (Santiago) 1887.
Doctor Plácido Labarca, chileno, (Curimón), 1890-1905.
Doctor Luis Enrique Izquierdo, chileno, (Santiago), 1906-1917.
Doctor Gilberto Fuenzalida Guzmán, chileno, (Talca) 1918-1938..
Doctor Alfredo Silva Santiago, chileno, (Santiago). Trasladado a Concepción tomó posesión de su nueva Diócesis el 22 de marzo de 1939, que mantiene hasta la fecha. Es el principal Arzobispo de la nueva Arquidiócesis de la Santísima Concepción, creada por Bula "Quo Provinciarum" de 20 de mayo de 1939.
El Arzobispo, doctor Alfredo Silva Santiago, nació en Santiago el 9 de septiembre de 1894, siendo ordenado de sacerdote el 2 de junio de 1917. Fué consagrado Obispo en la Catedral de Santiago el 28 de abril de 1935 y designado a Temuco.


Felcha ASALTO AL CAPITAN PEREZ DE ZURITA

Como lo decíamos en los capítulos anteriores, la población penquista vivía alarmada. Se sabía que por el valle de Itata estaba en armas un gran número de indios, y que otros se concentraban al norte del Bío-Bío.
En el afán de asegurar la defensa de Concepción, se ordenó al Capitán Pérez de Zurita, el 22 de enero de 1564, que explorara las márgenes del rió Andalién y las del Bío-Bío, al mando de 40 jinetes. Puesto en marcha no alcanzó a llegar a las inmediaciones del Andalién, cuando fué atacado por un pequeño grupo de indios con flechas, lanzas y mazas. El Capitán español, creyendo desbaratar al pequeño grupo atacante, le arremetió violentamente; pero, pronto, de entre los matorrales y bosques aparecieron, como por encanto, grupos de indios armados en número no inferior a tres mil, que, con sus atronadores chivateos y tropel, en un movimiento envolvente, pretendieron aprisionar y aniquilar las reducidas fuerzas del capitán Pérez de Zurita. Los primeros en oponerse al ataque indígena, Pedro de Godoy y un soldado llamado Rolón, sucumbieron pronto. Las demás fuerzas hacían prodigios de valor para contener la avalancha enfurecida. Muertos y heridos la mayor parte de los soldados, el resto, en un gesto supremo de juego por la vida o la muerte, se abrió paso por entre las líneas enemigas, y, en desesperada fuga, no pudiendo regresar a Concepción, siguió al norte. El 27 de ese mismo mes Pérez de Zurita llegó a las orillas del río Teno y luego a Santiago, donde informó de su propia derrota y de la difícil situación en que se encontraban los fuertes del sur.
Con.los últimos desastres sufridos por las fuerzas españolas, los triunfadores creyeron que había llegado el momento de caer sobre Concepción y destruirla.


 

Felcha LOBLE Y MILLALELMO SITIAN A CONCEPCION


Felcha LA ARQUIDIOCESIS DE LA SMA. CONCEPCION


Felcha RUIZ DE GAMBOA INTRIGA A VILLAGRAN


Felcha ¿ PORQUE FUE CONCEPCION LA CAPITAL DE CHILE ?


 

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